
Juan Revilla.
Cuando leemos el versículo 4, del capítulo 4, del libro de Gálatas, expresado por el apóstol Pablo con plena firmeza y seguridad, nos damos cuenta que cita algo impresionante, qué quién entiende o se abre a la fe, seguramente va a cambiarle su vida para siempre: “Pero, al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley”; era el momento ideal, oportuno, optimo, reunía las condiciones
adecuadas, el hombre por sí sólo no podía salir del colapso donde estaba, aun el imperio romano seguía con su rutinaria autoridad, la ley había caído como yugo sobre un pueblo que en su mayoría era oprimido, marginado, maltratado, despreciado, obligado por la ley a cumplir y no fallar, a encontrar castigo por su incumplimiento, la ley era para todos, aunque sus sacerdotes, fariseos, saduceos, letrados se escapaban de ella cfr. Lc 3, 7, pero la aplicaban ellos a los demás aun los habitantes de Galilea, Samaria y los dispersos: Dios envía a su hijo directamente bajo las condiciones que cualquier hermano israelita vivía, con la misma experiencia de la sociedad común, popular; vive en Nazaret, bajo condiciones básicas, bajo la ley y su observancia cfr. Mt 5, 17 y de ahí crece la plenitud para los hombres, la salvación llega a los pobres, a los necesitados, a los agobiados, a los que necesitan de Dios, a los que les falta Dios, los que necesitaban escuchar la buena nueva, los que abrazaron la fe al recibir la buena noticia y el cumplimiento de las promesas de Dios aun pueblo nuevamente en cautiverio aunque vivieran con sus mismas costumbres y libertad religiosa y su culto a ese Dios.
La plenitud de los tiempos era una realidad, el año de gracia y liberación promulgado desde la sinagoga cfr. Lc 4, 18-19, Juan el bautista señalaba: “He ahí el cordero de Dios” cfr. Jn 1, 29 y al mismo tiempo señala: he ahí la plenitud, la plenitud estaba en marcha y primeramente dio la plenitud a los sacramentos (el bautismo, un nuevo sentido, no sólo del perdón de los pecados) la filiación con Dios era la puerta que se abría en el cielo, la llegada del Espíritu Santo, el puente entre el hombre carnal y Dios era el Hijo enviado; al llegar como plenitud Jesús cambiaba todo: ¡enseña con autoridad!, ¿quién es este que perdona los pecados del mundo?, ¡sí tú quieres puedes sanarme!, ¡Hijo de David ten compasión de mí!, ¡Tú eres el mesías, el hijo de Dios vivo!, “¡hoy hemos visto cosas increíbles”, ¡Señor a quién iremos, tú tienes palabras de vida eterna!, ¡dinos quién eres!, ¡maestro!, ¿tú que dices?; tantas frases a que dio plenitud; a lo largo de la historia millones de hombres y mujeres abrazaron, vivieron la plenitud, gozaban de la plenitud, aun en lo adverso, aun en la muerte y martirio, cantidad similar de sacerdotes que han entregado su vida y vivieron plenamente en Jesús que es la plenitud: la gran pregunta para nosotros en pleno siglo XXI, ¿Jesús puede ser nuestra plenitud?, ¿lo entendemos?
No se necesita ser un genio, ni tener un alto coeficiente mental, ¡claro que sí!, sí, sí, sí y sí, Jesús es plenitud para el hombre dizque moderno, aunque el hombre quiera sacar a Dios de su vida, que sea que rija el mundo y sus criterios, sigue Dios manifestando su plenitud, hoy los hombres vivimos con un pensamiento gris, no hay luz de Dios en nuestro pensamiento, pues no necesitamos a Dios aunque nos estemos muriendo sin Dios, su culto o su meta puede someterse a la obscuridad, a la tiniebla, ¿esa es su luz?, el hombre ha sido reducido a una simple creatura superior a las demás creaturas, lo han minimizado con el pensamiento minimalista, lo han despojado de su herencia: ser hijo de Dios, le han robado su salvación: Dios no existe, venimos del mono o del cosmos; le ha sido arrebatada su plenitud, estado que tenía que vivir, pues para eso fue concebido; le han usurpado a Jesús, dejando en su lugar ídolos; le han robado el evangelio, le han lavado el cerebro y ahora se ha convertido en un hombre esclavizado de su carne, del mundo y del demonio.
Qué cuadro tan tétrico se ha descrito, pero basta ver la violencia, el ateísmo, el sofismo, la injusticia, el racionalismo, minimalismo, tantas corrientes que quieren educar al hombre, consumismo, materialismo, la fantasía, la ficción y lo más triste el desprecio del mismo hombre a sí mismo; pues aunque todo esto sea tal cual es, duro, fuerte, insoportable, la plenitud hace su aparición: Jesús vuelve a salir al encuentro del hombre, que como si estuviera en un laberinto, está perdido el hombre, la oveja fuera del redil, no encuentra la puerta del corral, no escucha la voz del buen pastor y camina a ciegas; la plenitud llega a derribar esos muros anchos, esos abismos que se han abierto entre Dios y el hombre, la luz brilla plena sobre los hombres que muchos atraídos por esa verdad, por la buena nueva han alcanzado a entrar en la plenitud y a vivir en ella, en el reino de Dios; la plenitud llama a todo hombre, sin distinción, tal cual es, por lo que es y le declara su plenitud y avasallado por su palabra ese hombre y mujer recobran la conciencia, salen de su somnolencia, su rumbo ahora es preciso y claro, hay el recto conocimiento y plenitud, en él está Jesús y está listo para enseñarlo a vivir de manera distinta, de conducirse con nuevos valores y han vuelto a la vida diría el Padre del hijo prodigo; la plenitud de los tiempos es una realidad y hay muchos testigos y también porque no decirlo, muchos anti-testimonios, pero aun así, la plenitud brilla y Dios la vuelve a encumbrar: cfr. Jn 3, 16, por amor a los hombres, es sabido que muchos van a despreciar esa plenitud y morirán sin llegar a ser felices, no felicidad pasajera, ¡plenitud! En toda la extensión de la palabra, felicidad eterna.
El hombre aparentemente no ha entendido que es la plenitud o prefiere no hacerlo, para no reconocerla, se escapa de su razón y conocimiento, tanto misterio sin revelar por parte de Dios que lo hace enloquecer y es más fácil negar y creer en lo que ve, siente, palpa, huele y le gusta, más cada vez Jesús llega y anuncia la buena noticia, la plenitud para su vida, cuando ha tenido un encuentro con la plenitud, su vida ha quedado atrás y goza ahora de la plenitud, sus anhelos personales han cambiado de rumbo, por la fuerza de la palabra de la plenitud, su vida tiene un sentido sólido, esperanzador, sabe que su prioridad ya no es el mundo, la carne y el demonio.
Nuestro presidente de la república declaró que son tres factores que se deben de emprender, una prioridad para que nuestro país recupere su alegría de vivir y la justicia, que va muy acorde a esa plenitud de vida que no tenemos; primero luchar contra el crimen organizado y narcotráfico sin dar cuartel, segundo: restructuración de la policía, ministerios, jueces y parte de una ley inoperante y en tercer lugar: retomar los valores y las buenas costumbres que se han perdido en nuestro país; nuestros representantes en la cámara de diputados y senadores dicen que vivimos en un estado laico, libre de la influencia de Dios, libre de religión y de dogmas, por esa razón la plenitud no forma parte de esa necesidad de nuestro país, la plenitud es echada nuevamente a un lado, desacreditada y amenaza contra los funcionarios y políticos del país, tienen miedo a vivir en la plenitud, porque la plenitud es transformadora, es verdad, por ello, prefieren ver morir a nuestro país que tomar la plenitud, prefieren que se sacrifique el pueblo en lugar de tomar la plenitud.
Para concluir, la plenitud no puede detenerla el hombre, tantos países se preparan cada año para afrontar a la naturaleza y sucumben ante ella, cada año han aniquilado el sacerdocio y sigue floreciendo, dicen que la plenitud en el cristiano ya no existe y sigue Jesús reinando en ellos; sí queridos amigos, sí sabemos que es la plenitud, pero que duro y casi imposible para los hombres soberbios y autosuficientes cargados de un egoísmo total, llenos de vanagloria y que le digan a Dios: “te necesito”, “sálvame Señor”, ¡manda tú plenitud!, ¡venga tú reino!, ayuda por favor; sobre todo esto, Jesús vuelve a aparecer en la vida del hombre turbando y confundido: “conviértanse, arrepiéntanse que el reino de los cielos ha llegado”, “Yo soy”, “el que viene a mí no volverá a tener sed”, “Yo soy la luz del mundo”, Soy la plenitud”, el que cree en mí se salvará, el que sea capaz de decirme: “eres tú mi Señor” se salvará; la plenitud es para ti y para mí, para el hombre anterior, el actual y el de futuras generaciones, la verdad innegable, absoluta se ofrece hoy, y nos interpela de manera personal: ¿me necesitas?, ¿quieres mi plenitud?; basta ser humilde y pedir esa plenitud y se dará por añadidura.




















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